Gaudete et exultate

Gaudete et exultate

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“GAUDETE ET EXULTATE”

Recientemente[1], ha salido la tercera “Exhortación Apostólica” del Papa Francisco, cuyo título es “Gaudete et exultate” (‘Alégrense y exulten’). El objetivo de la exhortación, según el Papa, es: “hacer resonar una vez más el llamado a la santidad, procurando encarnarlo en el contexto actual, con sus riesgos, desafíos y oportunidades” (n. 2). El hilo conductor de la alegría continúa, también en esta ocasión, representando el elemento ‘unificador’ del magisterio de este Papa. Francisco, en efecto, quiere cristianos gozosos y que manifiesten, de a de veras, el haber encontrado al Resucitado y, en Él, también el secreto de una vida llena de paz, realizada y santa, haciendo eco a la enseñanza del Concilio acerca de la “universal llamada a la santidad”[2].

Gaudete et exultate’, concretamente, indica en la “santidad” el horizonte natural de la existencia de todo cristiano sencillo, ‘corriente’ y común[3]. Lo primero que llama la atención, en la exhortación, es la convicción del Papa en sostener que la santidad pertenece al “paciente pueblo de Dios”, es decir, a las personas que tienen una vida cotidiana ordinaria, sembrada de cosas sencillas. Son éstas, de verdad, las que estructuran la existencia de todos los santos. Por tanto, habrá que acostumbrarnos a reconocer que santos pueden ser también los de la puerta de al lado: los papá, que crecen a sus hijos con tanto amor; los hombres y mujeres, que trabajan para llevar el pan de cada día al hogar; los enfermos y las religiosas ancianas, que no dejan de sonreírle a la vida (n. 7).

La santidad, de la que nos habla el Papa, no es sólo para héroes/heroínas o para personas extraordinarias. Más bien, es una santidad que se puede encontrar, también, en existencias cristianas silenciosas. En efecto, no hay vida cristiana posible fuera de este marco apasionante porque no hay otro modo de ser cristiano, sino en la perspectiva de la santidad. La manifestación de la santidad de la vida cotidiana, además, no se debe buscarla en éxtasis místicas, que a veces sí pueden asociarse a ella, o en fenómenos fuera del ordinario, sino en las personas que hacen, de las bienaventuranzas, su credencial de identidad y viven según esa gran regla de comportamiento del capítulo ‘XXV’ del Evangelio de Mateo, o sea: ‘la misericordia hacia el pobre’. Únicamente las personas, por tanto, que viven “con amor y ofrecen, cada día, su testimonio en las ocupaciones diarias, son las que nos dejan ver el rostro del Señor (n. 63)”.

Aquel que vive la santidad en el don de sí mismo, reproduce virtuosamente la palabra de Jesús y evita, de facto, la tentación de considerar las bienaventuranzas nada más como hermosas palabras de literatura poética. La verdad, por lo contrario, es que ellas actúan contra corriente y marcan, con su amor, un estilo de vida diverso de aquel del mundo. La grande y verdadera regla del comportamiento cristiano, en fin, debería traducir, de manera concreta, las bienaventuranzas de Jesús. Sobre todo, la de la misericordia. El ejemplo, narrado por el Papa en la exhortación (n. 98), es muy concreto y luminoso para bien trazar el confín entre el ser y el no ser cristiano: “cuando encuentro una persona que duerme a la intemperie – relata el Papa - en una noche fría” (n. 98) puedo considerarlo como algo impredecible y fastidioso o puedo reconocer, en esa persona, a un ser humano como yo, infinitamente amado por el Padre.

En nuestra actitud, finalmente, pasa la línea entre el ser cristiano y el no serlo. Eso porque – continúa explicándolo el Papa- “no podemos proponernos algún ideal de santidad que ignore la injusticia de este mundo”. En efecto, si la santidad es el don de sí, como el Señor nos lo ha enseñado, no podremos ya transitar, distraídos o indiferentes, frente al hermano que sufre. Vivir la santidad pide, necesariamente, el haber realizado, en la propia existencia, esa unidad por la cual se pasa, de la contemplación del rostro del Señor a la integridad del gesto de caridad, y de la acción en favor del pobre al misterio del resucitado, que es su raíz.

La exhortación, en las palabras del Papa, no es un ‘pequeño tratado’ más, sino quiere ser un instrumento para buscar las formas de santidad, propias para nuestro hoy[4]. Las cinco características, que se nos proponen, en el cuarto capítulo de la exhortación, indican los riesgos y los límites al ejercicio de la caridad que encontramos, con frecuencia, en la cultura de hoy: “el ansia nerviosa y violenta, que nos separa y debilita; la negatividad, la tristeza y la acedia cómoda, consumista y egoísta”. El individualismo y otras formas líquidas de espiritualidad, también, son las que, hoy, “no nos permiten encontrarnos con Dios y, sin embargo, dominan el mercado religioso (n. 111)”. Por lo contrario, necesitamos firmeza y solidez interior para resistirnos a la agresividad, que albergamos dentro de nosotros; alegría y sentido del humor, paciencia y mansedumbre, audacia, fervor, coraje apostólico y capacidad de atrevimiento[5].

Nos serán de excelente auxilio, también, la disponibilidad a hacer un camino en comunidad y la dedicación a orar. Así es como el cristiano -concluye el Papa – “con su santidad de vida podrá experimentar la alegría que el mundo jamás le quitará”.

P. MARSICH

 

[1] Fecha de la Exhortación: 18 de marzo 2018, fiesta de S. José.

[2] Cf. LG, n. 11.

[3] “Para un cristiano – escribe Papa Francisco - no es posible pensar en la propia misión en la tierra sin concebirla como un caminar de santidad” (n. 19).

[4] Un hoy que, según la exhortación, reconoce como principales dificultades y obstáculos para la vida cristiana: “una mente sin Dios y una doctrina sin misterio” (n. 37 y 40).

[5] Cf. Las ‘notas de la santidad en el mundo actual’ para caminar ‘contracorriente’ (n. 65).

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