Celebrar el centenario de la Carta Testamento de Nuestro Santo Fundador es actualizar la inspiración misionera que conformó su persona y guío su caminar a lo largo de toda su vida: consagrar su vida al anuncio del evangelio entre los que no lo conocen al estilo de San Francisco Xavier.
Al igual que el Fundador reconozco la belleza de nuestra vocación misionera: “la vocación a la que hemos sido llamados no podía ser más noble y grande porque nos hace semejantes a Cristo, autor y consumador de nuestra fe” (CT 2). Aprecio y agradezco el llamado que el Señor me ha hecho como a muchos otros hermanos xaverianos que nos han precedido. Al mismo tiempo, creo que sigue siendo una propuesta maravillosa. Sin embargo, no puedo olvidar el cambio de época que estamos viviendo. Esta situación pone muchas dificultades a una vocación como la nuestra: “dudas… zozobras… falsas aprensiones… desalientos y exageraciones, que se esfuerzan por presentarla como irrealizable”. (CT 3) Ciertamente, esta realidad es una prueba a nuestra propuesta vocacional - formativa y a nuestro estilo de vida; Pero sobre todo es un reto para nuestra experiencia de fe y su significatividad; Es decir, el gran argumento vocacional sigue siendo cuestión de fe por parte de quien propone el llamado y quien responde al mismo llamado.
En sintonía con nuestro Santo Fundador puedo afirmar que nuestra consagración misionera nace de la contemplación de Cristo crucificado y del amor que manifiesta y suscita: “así se ama”. “La experiencia de este amor gratuito de Dios es hasta tal punto íntimo y fuerte que la persona experimenta que debe responder con la entrega incondicional de su vida, consagrándolo todo, presente y futuro, en sus manos” (VC 17). Por consiguiente, es de una experiencia de amor de la que deriva el origen, el fundamento y el horizonte de nuestra consagración a Dios para la misión (RMX 15). Las mismas realidades que nos tocan vivir, en la promoción vocacional, la formación, los colegios, las parroquias y los hermanos en países de misión nos exigen respuestas radicales personales y comunitarias en cuanto a nuestra manera de vivir la consagración, la espiritualidad, la vida fraterna y la misión en la familia xaveriana.
En un país donde el 9% de la población sufre pobreza extrema y el 43% vive en pobreza me exige y nos llama a un mayor desprendimiento afectivo y efectivo de todo aquello que nos pueda impedir ser libres para construir el Reino de Dios (CT 4). En mi ánimo por vivir la pobreza he tratado de dar lo mejor de mí en las actividades cotidianas; Ser corresponsable en el cuidado y sostenimiento de la comunidad. Ser claro en la administración que la Providencia pone en mis manos; Y Asumir comunitariamente los proyectos misioneros. No obstante, veo la pequeñez de mi respuesta ante la inmensa necesidad de la gente y la tentación de acomodarme a una pobreza que no le falta nada. En medio de esta sociedad en donde las relaciones interpersonales se ven marcadas por la sobrevaloración de la corporalidad, de la imagen y la inmediatez del placer me esfuerzo por vivir lo que soy por amor a Dios y los hermanos especialmente a los que no lo conocen desde el servicio de la formación. Al paso del tiempo soy más consciente de la delicadeza de este tesoro, la necesidad de cuidarlo y compartirlo con humildad. Al mismo tiempo experimento la necesidad de pedir el don de la castidad en mi oración cotidiana (CT 5). Este es uno de los aspectos más nobles de la formación tanto de base como permanente. El amor misionero siempre es nuevo a condición que se renueve constantemente en su fuente original conduciéndonos a la plenitud de la vida y su trascendencia. Este cambio de época ha dejado huellas profundas en nuestro estilo de vida en algunos casos el individualismo y en otros el comunitarismo. Vivimos tiempos críticos en cuanto al ejercicio de la autoridad y la práctica de la obediencia. Creo necesario recordar que a través de la obediencia vivimos con mayor claridad nuestra vocación misionera al estilo de Jesucristo que vino al mundo para cumplir la voluntad del Padre. En ese sentido la autoridad es servir a los hermanos. La autoridad y la obediencia son complementarios en el dialogo fraterno. En nuestro caso la obediencia es misionera: nos ponemos al servicio de la iglesia, la congregación y el mundo. Igual que ayer se nos presenta la dificultad para equilibrar la libertad y las decisiones tomadas, el conflicto entre la autoridad del superior y la conciencia del religioso, la relación entre la renuncia y la alegría interior: disciplina y libertad. “Después de haber hecho voto a Dios de esta virtud, debemos considerarnos como instrumentos en manos de nuestros superiores para procurar la gloria de Dios y la salvación de los hermanos”. (CT 6)
A lo largo de los años he visto que nuestra consagración misionera mayormente se fundamenta en la vida de fe “que debe llevarnos a buscar y a querer la voluntad de Dios y no la nuestra” (CT 7). Ciertamente, no es una vida fácil porque muchas veces son más fuertes los límites que la virtud. Sin embargo, ya lo decía el Fundador, la fe ha de ser la norma de nuestra conducta. Nuestra relación con Jesucristo ha de guiar nuestros sentimientos, pensamientos, palabras y acciones. Por tanto, es urgente retornar, cuidar y alimentarnos de la fuente de nuestra espiritualidad: “Yo lo miraba y el él me miraba…” Cada día es más apremiante una experiencia personal y profunda de Cristo misionero del Padre para vivir nuestra vocación misionera. Llamados para encontrar a Cristo en la persona humana y en la historia, escucharlo en la Palabra, servirlo en los pobres, anunciarlo como buena noticia hasta los últimos confines de la tierra, celebrarlo en la eucaristía y esperarlo con vigilancia activa (RMX 25); Es decir vivir aquella vida de fe que nos permita “Ver a Dios, buscar a Dios, amar a Dios en todo, aumentando en nosotros el deseo de propagar su Reino en todas partes”. (CT 10)
“Y junto con el amor a Dios debemos alimentar en nuestros corazones la caridad hacia nosotros mismos y hacia nuestros hermanos” (CT 9). Generalmente la gente admira de nosotros nuestro estilo de vida familiar: “Hacer del mundo una familia”. Seguramente porque hacemos nuestro mejor esfuerzo en vivir como hermanos. Pero, al mismo tiempo, veo la necesidad de estar muy atentos para que no nos superen nuestros límites personales y las dificultades de la vida comunitaria: “el egoísmo individual, el espíritu de censura y murmuración, la tendencia a las disputas y singularidades, la manía de lucirse y sobresalir” (CT 9). En ese sentido, es necesario mantener un buen nivel de vida humana, espiritual y misionera de tal forma que: “Todo debe ser sacrificado sobre el altar de la concordia fraterna, que hace agradable la convivencia y consolida y hace prosperar las instituciones” (CT 9).
Sigo creyendo que nuestra santificación, la prosperidad de nuestro Instituto y la consecución de la misión dependen de la apropiación personal y comunitaria de las tres características constitutivas de nuestra identidad: Espíritu de fe viva, Espíritu de obediencia pronta y generosa y Espíritu de amor intenso hacia nuestra familia religiosa. Este es el testamento que nos ha heredado nuestro Santo Fundador (CT 10), a quien consideramos como Padre amoroso, Pastor y Misionero, Ejemplo de virtud y Modelo de santidad.
Guadalajara, Jal., México
1 septiembre 2019
P. Juan Olvera Servín
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