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El excelente y noble arte de dar gracias

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Glosando la Carta de la DG en ocasión del Jubileo Xaveriano (1)

— “Dar gracias” es la primera invitación que nos presenta la Carta de la DG “para ayudarnos a vivir intensamente” el Año Jubilar Xaveriano. No podía ser más acertada tal invitación, pues, la excelencia y nobleza del agradecimiento cualifica la más original misión que se le confía a todo ser humano: dar sentido a su existencia. Dar gracias despliega un espléndido abanico de opciones para llenar de plenitud la propia existencia. Por ello, dar gracias no es sólo un sentimiento refinado o de buena educación… sino que es toda una propulsión del Espíritu que dilata en cada uno la conciencia de los dones recibidos. En el contexto del Año Jubilar Xaveriano, dar gracias nos plantea, además, el reto de aquello que desde antiguo caracteriza la vivencia de todo Jubileo: recuperar lo comerciado, perdido, cambiado, trajinado, traicionado… en el camino de la propia y comunitaria existencia, para atraerlo a su origen y fuente y generar, así, una nueva coherencia y fidelidad hacia aquello que da plenitud a nuestras vidas, el carisma en nuestro caso.

— Por otra parte, cabe recordar que dar gracias es la mejor oración que el cristiano puede dirigir a Dios, porque al mismo tiempo que es reconocimiento de sus dones, es igualmente expresión de humildad, vivencia de fe, elevación en la comunión con Dios… Dar gracias ayuda a restablecer armonía, paz y tranquilidad interior. El místico alemán del S. XIII, Meister Eckhart, advertía que: “Si la única oración que dices en toda tu vida es gracias, ésta será suficiente”. “El que me ofrece acción de gracias, ése me honra”, dice el Salmo 49.

— Siguiendo el estilo de la Carta Testamento, la carta de la DG rebosa también de motivos para dar gracias. En particular, la DG subraya el dar gracias por el don recibido, por los hermanos con los que somos familia, por la “preciosa historia” vivida en ciento veinticinco años de entrega misionera, por la fecundidad del carisma recibido, por la renovada y “particular confianza” de la Iglesia en nuestra Familia… lo cual traza una sugestiva amplitud a la calidad de nuestro canto de agradecimiento en el presente Año Jubilar.

— El don recibido es un “don perfecto”, nos hace semejantes a Cristo y a los Apóstoles, sacia toda expectativa y búsqueda, y nos capacita para la entrega y donación total. Lo constatamos en los hermanos que nos han precedido, en los que son hoy parte de nuestro camino en la historia, en los valientes profetas y mártires de nuestra Familia. “Todo don perfecto viene de lo alto, desciende del Padre de las luces” (Santiago 1, 17). Para Mons. Conforti, la “prueba inequívoca” de que el don que hemos recibido viene de Dios, está en la aprobación de las Constituciones. “¡Somos fruto del don de Dios!”. Por lo demás, los amigos de Dios son personas agradecidas, se dan cuenta de lo mucho que han recibido… ¡Dios es digno de nuestra gratitud!

— En varias ocasiones hemos escuchado la invitación a orar por los hermanos y, de hecho, los tenemos presentes cada día gracias al calendario que nos recuerda los distintos aniversarios de la Familia. Sin embargo, dar gracias por los hermanos es, más bien, poco común entre nosotros. Cuántas valoraciones, sentimientos, impresiones, afectos, aflicciones, humores, descuidos, expresiones… se reubican en su justo eje y foco cuando asumimos como disposición cotidiana el dar gracias por los hermanos en toda circunstancia de la vida en comunidad. Dar gracias fortalece la confianza y la mutua identificación y aceptación, construye mejores relaciones, hace sentir bien al otro, además de generar paz profunda en el que agradece. “Nada es más honorable que un corazón agradecido” (Séneca).

— Los Hechos de los Apóstoles nos ofrecen el testimonio de que los que creyeron compartieron. Esta es la dinámica que toda acción de gracias reestablece: desbordar el don recibido en una compartición sin reservas y con gusto. “Dios ama al que da con alegría” (2Cor 9,7). Existen tres géneros de plenitudes: la plenitud del vaso, que retiene y no da; la del canal, que da y no retiene; y la de la fuente, que crea, retiene y da (cfr. “Las tres plenitudes” de San Alberto Magno). A ciento veinticinco años de historia, podemos bien decir en lo que se refiere al carisma recibido, que nuestra Familia no es ni ha sido una familia-vaso, ni una familia-canal, sino que ha madurado y ha entrado en un proceso que la identifica como familia-fuente que da de lo que ha hecho substancia de su ser, que reparte como las llamas: encendiendo la de otros sin disminuir la propia. En efecto, recreamos humildemente lo que el carisma nos llama cada día a vivir y repartimos generosamente cuanto vamos recreando: damos sin vaciarnos, regamos sin agotarnos, y ofrecemos nuestra agua – pasión de Dios por la humanidad – sin quedarnos secos. Verdaderamente: “Hay mayor felicidad en dar que en recibir” (Hechos 20, 35).

Acojamos la invitación de la Carta de la DG —

“Hagamos un alto en nuestro camino y digamos: ¡Gracias, Señor!”

Jafo, sx.

Fiesta de Santiago Apóstol, 2020

Antonio Flores sx
07 agosto 2020
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