EXHORTACIÓN APOSTÓLICA “GAUDETE ET EXULTATE”

EXHORTACIÓN APOSTÓLICA “GAUDETE ET EXULTATE”

  • Autore: Humberto Mauro Marsich sx
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  • Lingua: Español

EXHORTACIÓN APOSTÓLICA “GAUDETE ET EXULTATE”

Papa Francisco

  1. PRESENTACIÓN GENERAL

Alegraos y regocijaos” (Mt 5, 12) es la tercera exhortación apostólica del Papa Francisco. El objetivo de la exhortación, según el Papa, es: “hacer resonar una vez más el llamado a la santidad, procurando encarnarlo en el contexto actual, con sus riesgos, desafíos y oportunidades” (n. 2). Parece que la ‘alegría’, también en esta ocasión, sigue representando el elemento ‘unificador’ del magisterio del Papa. Francisco, en efecto, quiere cristianos gozosos y que manifiesten, de a de veras, el haber encontrado al Resucitado y, en Él, también el secreto de una vida llena de paz, realizada y santa, haciendo eco también a la enseñanza del Concilio Vaticano II acerca de la “universal llamada a la santidad”[1].

Gaudete et exsultate’, concretamente, indica en la “santidad” el horizonte natural de la existencia de todo cristiano sencillo, ‘corriente’ y común[2]. Lo primero que llama la atención, en la exhortación, es la convicción del Papa en sostener que la santidad pertenece al “paciente pueblo de Dios”, es decir, a las personas, que tienen una vida cotidiana ordinaria, sembrada de cosas sencillas. Son éstas, de verdad, las que estructuran la existencia de todos los santos. Por tanto, hay que acostumbrarnos a pensar que pueden ser santos también los de la puerta de al lado: los papás, que crecen a sus hijos con amor; los hombres y mujeres, que trabajan para llevar el pan de cada día al hogar; los enfermos y las religiosas ancianas, que no dejan de sonreírle a la vida (n. 7).

La santidad, de la que nos habla el Papa, no es sólo para héroes/heroínas o para personas extraordinarias. Más bien, es una santidad que se puede encontrar, también, en existencias cristianas silenciosas. En efecto, no hay vida cristiana posible fuera de este marco apasionante. La cosa es que no hay otro modo de ser cristiano, sino en la perspectiva de la santidad. La manifestación de la ‘santidad cotidiana’, además, no hay que buscarla en éxtasis místicas, o en fenómenos fuera del ordinario, sino en las personas que hacen, de las bienaventuranzas, su credencial de identidad y que viven según la gran regla de comportamiento del capítulo ‘XXV’ del Evangelio de Mateo, o sea: ‘la misericordia hacia el pobre’. Únicamente las personas, que viven “con amor y ofrecen, cada día, su testimonio en las ocupaciones diarias, son las que nos dejan ver el rostro del Señor (n. 63)”. Aquel que vive la santidad en el don de sí mismo reproduce, virtuosamente, la palabra de Jesús y evita, de facto, la tentación de considerar las bienaventuranzas nada más como hermosas palabras de literatura poética. La verdad, por lo contrario, es que ellas actúan contra corriente y marcan, con el amor, un estilo de vida diverso de aquel del mundo.

La grande y verdadera regla del comportamiento cristiano, en fin, debería traducir, de manera concreta, las bienaventuranzas de Jesús. Sobre todo, la de la misericordia. El ejemplo, narrado por el Papa en la exhortación (n. 98), es muy concreto y luminoso para bien trazar el confín entre el ser y el no ser cristiano: “cuando encuentro una persona que duerme a la intemperie – relata el Papa - en una noche fría” (n. 98) puedo considerarlo como algo impredecible y fastidioso o puedo reconocer, en esa persona, a un ser humano como yo, infinitamente amado por el Padre.

En nuestra actitud, finalmente, pasa la línea entre el ser cristiano y el no serlo. Eso porque – continúa explicándolo el Papa- “no podemos proponernos algún ideal de santidad que ignore la injusticia de este mundo”. En efecto, si la santidad es el don de sí, como el Señor nos lo ha enseñado, no podemos ya transitar, distraídos o indiferentes, frente al hermano que sufre. Vivir la santidad pide, necesariamente, el realizar, en la propia existencia, esa unidad por la cual se pasa, de la contemplación del rostro del Señor a la integridad del gesto de caridad, y de la acción en favor del pobre al misterio del resucitado: raíz de la santidad.

La exhortación, en las palabras del Papa, no es un ‘pequeño tratado’ más, sino un instrumento para buscar las formas de santidad, propias para nuestro hoy[3]. Las cinco notas, o ‘expresiones espirituales’, que se nos proponen en el cuarto capítulo de la exhortación, son las que pueden conformar un ‘modelo de santidad’ que, también hoy, sobrevive, a pesar de los riesgos y los límites al ejercicio de la caridad, que encontramos con frecuencia: “el ansia nerviosa y violenta, que nos separa y debilita; la negatividad, la tristeza y la acedia cómoda, consumista y egoísta”. El individualismo y otras formas líquidas de espiritualidad, también, son las que, hoy, “no nos permiten encontrarnos con Dios y, sin embargo, dominan el mercado religioso (n. 111)”. Por lo contrario, necesitamos firmeza y solidez interior para resistirnos a la agresividad, que albergamos dentro de nosotros; alegría y sentido del humor, paciencia y mansedumbre, audacia, fervor, coraje apostólico y capacidad de atrevimiento[4].

Nos serán de excelente auxilio, también, la disponibilidad a hacer un ‘camino de santidad en comunidad’ y la dedicación a orar. Así es como el cristiano -concluye el Papa – “con su santidad de vida podrá experimentar esa alegría que el mundo jamás le quitará”[5].

  1. SÍNTESIS DE LA EXHORTACIÓN

Introducción

Alegraos y regocijaos”: es la exhortación de Jesús a los perseguidos y humillados, por su causa, de todos los tiempos. Una invitación a no perder la esperanza y la sonrisa, a pesar de las pruebas de la vida. El Papa nos repite, a lo largo de este documento, de no desalentarnos. En efecto, el camino de la santidad es sí gratificante, pero lleno de obstáculos siempre nuevos.

CAPÍTULO PRIMERO: EL LLAMADO A LA SANTIDAD ES PARA TODOS

La presencia histórica de tantos santos -nos precisa el Papa- debe convertirse en estímulo para todos los cristianos porque ser santos es posible y el llamado a la santidad es para todos “porque el Espíritu Santo derrama santidad por todas partes” (n. 6). Desde luego, no debemos referirnos necesariamente a los santos canonizables. Es suficiente mirar a los de la ‘puerta de al lado’. Además, sepamos apreciar la santidad universal: aquella que se hace presente en los rostros de ortodoxos, protestantes, anglicanos etc.: “la santidad – escribe el Papa- es el rostro más bello de la Iglesia”, pero aun fuera de la Iglesia Católica el Espíritu suscita ‘signos de su presencia’ (n. 9).

Lo que no acepta dudas es que el Señor llama a todos a la santidad: cada uno por su camino, sacando de sí lo mejor. Por ejemplo, el ‘genio femenino’ tendrá su propio itinerario para llegar a la meta de la santidad[6]. No es cierto, por tanto, que únicamente los religiosos/as pueden lograrla. Hasta la gente común y cotidiana puede ser santa sin grandes gestos, sino con los pequeños gestos hechos con amor (n. 16)[7]. Justamente -nos lo recuerda Francisco – “la santidad no es sino la caridad plenamente vivida” (n. 21). Ser santo, además, es la ‘misión’ de todos. Jesús, además, quiere que la santidad de cada persona sea una ‘buena noticia’ para el mundo entero y que se concretice en el empeño perseverante por construir, con Cristo, su ‘reino de amor’[8], justicia y paz para todos y ‘es una acción que, sin embargo -nos lo recuerda el Papa – no descuida la contemplación’ (n. 26) [9]. Y cada quien ejercitará la actividad apostólica con su propia espiritualidad: la ecológica (cf. ‘Laudato sii’), de la misión (cf. ‘Evangelii Gaudium´) de la vida familiar (cf. ‘Amoris Laetitia’), etc.

La tentación inevitable, a la que debemos resistirnos, siempre y todos, es la de los ‘placeres’ efímeros, pero seductores, y la tentación de la ‘pereza’ porque jamás ‘será sano un fervor espiritual que conviva con una acedia en la acción evangelizadora o en el servicio a los otros’ (30). Cuando el hombre llega a comprender que Dios es la ‘verdad’ y no él, entonces el camino hacia la santidad se le facilitará notablemente. A la santidad, tampoco hay que tenerle miedo. En efecto, no nos quita nada, ni fuerza, ni alegría, ni vida (32)[10].

CAPÍTULO SEGUNDO: DOS SUTILES ENEMIGOS DE LA SANTIDAD

El Papa, en este segundo capítulo, se refiere a dos enemigos silenciosos, pero destructores de la santidad: el ‘neo-gnosticismo’ y el ‘neo-pelagianismo’. Los dos coinciden en reflejar “inmanentismo antropológico”: de carácter ‘individualista’ soteriológico el neo-pelagianismo y de ‘desprecio’ corpóreo el neo-gnosticismo. Lo más dramático, tal vez, de estos dos sutiles enemigos, consiste en la proposición de una ‘doctrina sin misterio’, ajena a la trascendencia: “una cosa -de hecho- es un sano y humilde uso de la razón para reflexionar sobre la enseñanza teológica y moral del Evangelio; otra es pretender reducir la enseñanza de Jesús a una lógica fría y dura que busca dominarlo todo” (39)[11]. En fin, lo cierto es que nuestra inteligencia y capacidad de comprensión son limitadas (43). Además, creernos sabios e inteligentes no nos hace, por sí solo, santos. El mismo S. Francisco de Asís, sin tantas elucubraciones, nos dio a entender que ‘la mayor sabiduría consiste en difundir fructuosamente lo que uno tiene para dar’ (46).

Otro requisito de la santidad es la humildad. Para ser humildes -cómo a Dios le agrada- necesitamos vivir dócilmente en su presencia y envueltos en su gloria…”. Y dejarnos que Él, como alfarero, nos moldee con el don de la gracia, que ‘sobre pasa las capacidades de la inteligencia y las fuerzas de la voluntad humana’ (54). Por pensar, en fin, que todo depende del esfuerzo humano, no de la gracia de Dios, complicamos el Evangelio y nos volvemos esclavos de un esquema que, tristemente, deja pocos resquicios para que la gracia actúe (59).

CAPÍTULO TERCERO. A LA LUZ DEL MAESTRO

De arranque, en este tercer capítulo, su Santidad reconoce que las palabras de Jesús, con todo su sabor poético, van igualmente contra corriente con respecto de lo que son las costumbres del mundo. Sobre todo, las palabras de las ‘bienaventuranzas’. En ellas, contrariamente al juicio del mundo, se proclaman bienaventurados los pobres de espíritu, es decir, aquellos que tienen el corazón pobre, donde puede entrar el Señor. Ser pobre de corazón, por tanto, es ‘santidad’. Luego, las bienaventuranzas proclaman santos a los que lloran, a los que buscan la justicia, a los que actúan con misericordia y con corazón limpio y a quienes construyen esa paz evangélica que, en su sentido más amplio, no excluye a nadie. La categoría de los ‘misericordiosos’, según el Papa Francisco, constituye un grupo humano privilegiado. En efecto, lo son quienes saben descubrir el rostro de Jesús en quienes él mismo ha querido identificarse.

A este punto, el Papa ratifica que no podemos plantearnos un ideal de santidad que ignore la injusticia de este mundo: “donde unos festejan, gastan alegremente y reducen su vida a las novedades del consumo, al mismo tiempo que otros solo miran desde afuera, mientras su vida pasa y se acaba miserablemente” (101). Queda así plasmado que el culto más agradable para Dios es la práctica de la misericordia porque ‘la misericordia no es solo el obrar del Padre, sino que ella se convierte también en el criterio para saber quiénes son realmente sus verdaderos hijos’ (105).

CAPÍTULO CUARTO: ALGUNAS NOTAS DE LA SANTIDAD EN EL MUNDO ACTUAL

Las notas de la santidad o, como las llama el papa, ‘las expresiones espirituales’, son las que pueden conformar un ‘modelo de santidad’. Se trata de cinco grandes manifestaciones del amor a Dios y al prójimo que sobreviven a pesar de la cultura actual que, por supuesto, no simpatiza por ellas y en la cual prevalecen la ansiedad nerviosa y violenta que nos dispersa y debilita; la negatividad y la tristeza; la acedia cómoda, consumista y egoísta; el individualismo y tantas otras formas de espiritualidad que reinan en el mercado religioso, pero ‘sin encuentro con Dios’. Dentro del gran marco de la santidad, que nos proporcionan las ‘bienaventuranzas’ de Mt. 25, 31 – 46, estas son las cinco notas, o expresiones espirituales, que nos recoge el Papa:

  1. La primera nota: es estar firme en torno al ‘Dios que ama y que sostiene’. Es la fidelidad del amor de quien se apoya en Dios. Y lo es también frente a los hermanos cuando no los abandona en las dificultades y cuando vence el mal con el bien (Rom 12, 21).
  2. Secunda nota: la alegría y el sentido del humor. El santo es capaz de vivir con alegría y sentido del humor.
  3. Tercera nota: audacia y fervor. La santidad es ‘parresia’: es audacia, es empuje evangelizador; es hablar con libertad y con ese fervor apostólico que incluye parresia, audacia y coraje. De facto, la audacia y el coraje apostólico son constitutivos de la misión.
  4. Cuarta nota: la santidad se logra mejor en comunidad. La razón es que es muy difícil luchar contra la concupiscencia y las tentaciones del demonio y del mundo egoísta, si estamos aislados.
  5. Quinta nota: en oración constante porque la santidad está hecha de una apertura habitual a la trascendencia, que se expresa en la oración y en la adoración.

CAPÍTULO QUINTO: COMBATE, VIGILANCIA Y DISCERNIMIENTO

El combate y la vigilancia son actitudes contra la propia fragilidad, la pereza, la lujuria, la envidia, los celos y demás…es también una lucha constante contra el diablo, príncipe del mal. No pensemos, por tanto, que el demonio sea un mito. Más bien, es una realidad y es un ser que nos acosa. Mas bajemos la guardia él aprovechará para destruirnos. En esta lucha hay que estar despiertos, confiados y ser orantes. Lo que expresamos, ¡pongan atención!, no son palabras románticas porque, concretamente, nuestro camino hacia la santidad es, también, una lucha constante.

El discernimiento: una necesidad imperiosa. ¿Cómo saber si algo viene del Espíritu Santo o si su origen está en el espíritu del mundo? La única forma es el ‘discernimiento’: capacidad de razonar, elegir y ‘don’ que hay que pedir a Dios cotidianamente. El discernimiento, en fin, es un instrumento de lucha para seguir mejor al Señor sin olvidar que el ‘discernimiento orante’ requiere partir de la disposición a escuchar al Señor, a los demás y a la realidad misma, que siempre nos desafía de maneras nuevas.

“El discernimiento, en fin, según el Papa Francisco, no es un autoanálisis ensimismado o una introspección egoísta, sino una verdadera salida de nosotros mismos hacia el misterio de Dios, que nos ayuda a vivir la misión, a la cual nos ha llamado para el bien de los hermanos (175)”. En fin, el hábito del discernimiento, sobre todo para los jóvenes de hoy, se ha vuelto particularmente necesario: “porque la vida actual ofrece enormes posibilidades de acción y de distracción y el mundo las presenta como si fueran todas válidas y buenas” (167). Es cierto que somos libres de elegir cualquier cosa con la libertad de Jesús Cristo, pero él nos llama a ‘examinar’ bien, a discernir lo que hay dentro de nosotros y lo que sucede fuera de nosotros. Se trata de escrutar los ‘signos de los tiempos’ para reconocer en ellos, como nos aconseja S. Pablo, los caminos de la verdadera libertad (168), es decir, del bien: “examinadlo todo; quedaos con lo bueno” (1 Ts 5, 21).

Conclusión

El Papa, con la exhortación ‘Gaudete’, espera que, finalmente, toda la Iglesia se dedique a promover el deseo de la santidad. Para ello, termina pidiendo al Espíritu Santo que infunda, en todos, un intenso anhelo de ser santos para la mayor gloria de Dios…”. Así compartiremos una felicidad que el mundo no nos podrá quitar” (177).

P. MARSICH S. X.

 

[1] Cf. LG, n. 11.

[2] “Para un cristiano – escribe Papa Francisco - no es posible pensar en la propia misión en la tierra sin concebirla como un caminar de santidad” (n. 19).

[3] Un hoy que, según la exhortación, reconoce como principales dificultades y obstáculos para la vida cristiana: “una mente sin Dios y una doctrina sin misterio” (n. 37 y 40).

[4] Cf. Las ‘notas de la santidad en el mundo actual’ para caminar ‘contracorriente’ (n. 65).

[5] Vale la pena tomar conciencia que la meta de la santidad cristiana es alcanzable siempre y cuando se viva la fe ‘comunitariamente’. La razón es que el ‘Espíritu Santo derrama santidad por todas partes’, es decir, también en el ‘santo pueblo’ fiel de Dios (6). En efecto, no existe identidad plena sin pertenencia a un pueblo. ‘Por eso -sigue escribiéndonos el Papa – nadie se salva solo, como individuo aislado, sino que Dios nos atrae tomando en cuenta la compleja trama de relaciones interpersonales que se establecen en la comunidad humana…en la dinámica de un pueblo’ (n. 6).

[6] “¿Estás casado? Sé santo amando y ocupándote de tu marido o de tu esposa, como Cristo lo hizo con la Iglesia. ¿Eres un trabajador? Sé santo cumpliendo con honradez y competencia tu trabajo al servicio de los hermanos (Gaudete, n. 14)”.

[7] Por ejemplo, ‘no hablaré mal de nadie’ y, según papa Francisco- ‘Este es un paso en la santidad’ (n. 16).

[8] Tu propia misión – nos lo aclara el Papa - es inseparable de la construcción de ese reino: “Buscad sobre todo el reino de Dios y su justicia” (Mt. 6, 33).

[9] El episodio evangélico de las hermanas Marta y María bien nos ilustran los valores de la acción en favor del Maestro (Marta) y de la escucha de su palabra (María).

[10] El papa nos recuerda el testimonio de la humilde hija de África ‘S. Josefina Bakhita’, secuestrada y vendida como esclava a la tierna edad de siete años (32).

[11] Una de las peores ‘ideologías’ (40).

Data

Martedì, 08 Maggio 2018
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